El hombre de la foto se llama Salvador Cabañas Ortega. Nació en Asunción, Paraguay, el 5 de Agosto de 1980. Jugador profesional de futbol, la carrera de Chava lo llevó en el año 2006 a firmar contrato con el equipo que he amado desde niño, las Águilas del Club de Fútbol América de México. Desde entonces, Chava se ha vuelto parte fundamental del equipo, un favorito de la afición y aún cuando no ha podido ver sus esfuerzos coronados con un Campeonato de Liga, ha ido escribiendo letra a letra su nombre en el libro de oro de los extranjeros que han llegado no sólo al América, sino al Fútbol Mexicano.
El día en que cumplí veintisiete años, mientras yo aún dormía en mi cama, Salvador Cabañas era víctima de un balazo en la cabeza al interior del baño de un bar al sur de la Ciudad de México.
Como la gran, gran mayoría de los aficionados al fútbol, yo no conozco realmente a Salvador Cabañas Ortega. Es altamente improbable que alguna vez en mi vida pueda cruzar palabra con él, obtener su caligrafía en algún objeto alusivo al equipo o poder estar más cerca de lo que me ha permitido en dos o tres ocasionas la Zona Preferente del Estadio Azteca. No sé cuanto dinero gana por ilusionarnos a miles de aficionados, no sé que auto conduce por calles a las que yo seguramente nunca he pusto un pie, no sé cual es su comida favorita, qué hace después del entrenamiento, si tiene hijos o qué tipo de música es la que le gusta escuchar. Evidentemente, tampoco sé si Salvador Cabañas ha difamado o lastimado a persona alguna, si ha cometido algún crimen grave, ni si en el interior de su corazón sus vicios son mayores que sus virtudes. No lo sé porque francamente, nunca veía a Salvador Cabañas como una
persona.
Suena absurdo y abrupto, pero es la verdad. Cuando alguien admira a otro alguien, es generalmente porque las cualidades del admirado resaltan ante la vista, opinión, entorno o aspiraciones del admirador, dentro del contexto de admiración. Así que cuando yo admiro al futbolista Cabañas, lo hago porque sus cualidades de futbolista brillan con inusual fuerza ante mis ojos como aficionado al futbol. Y no soy el único. Miles, decenas y centenas de miles de aficionados admiran, respetan y seguramente habrá incluso quienes amen al delantero Paraguayo. Lo aman por lo que hace, no por lo que es. Contadísimos serán aquellos quienes se permitan siquiera preguntarse sobre su vida personal y es por eso que, mientras lo vemos correr, disputar, anotar y celebrar en el rectángulo verde, se nos olvida que esa luminaria inalcanzable es, al final, como nosotros: una persona de carne y hueso; un humano; un mortal.
Habrá quienes piensen y con todísimo derecho digan que es ridículo/injusto/insulso/mediático/morbo
so/etc. que miles y miles de personas estén consternadas e indignadas a favor de "un futbolista" que se encuentra sedado en la cama de un hospital mientras en tooodo el mundo mueren o sufren anónimamente otros tantos, o más miles de personas "más dignas de admiración". Puede que tengan razón pero a mi no me importa por el simple hecho de que yo no soy, ni pretendo ni puedo ser juez de nadie. Siendo México el país que es, probablemente nunca sabré quién ni por qué atentó contra la vida de Cabañas en un bar donde no sé ni me importa si debió o no debió haber estado -porque al final, ahí estaba- y aún cuando se den a conocer "los hechos", no tendré manera de asegurar que son enteramente verídicos.
Lo único que sé es que estoy escribiendo esto porque yo admiro mucho a Salvador Cabañas como futbolista, pero lo realmente importante es que la persona, el hijo, el amigo, el esposo, siga con vida.
Estoy escribiendo esto porque con o sin juicios sobre la conducta o secretos de nadie, ninguna carrera profesional debería terminar por un balazo en un bar, y mucho menos cualquier vida.
Estoy escribiendo esto porque aún cuando he fallado de acuerdo a las prácticas de mi religión, aún creo que existe Dios y creo también que sólo Él nos juzgará cuando llegue el tiempo determinado, ya que por Él estamos aquí y por Él dejaremos de estarlo.
Estoy escribiendo esto porque espero poder vivir más allá del día de hoy, y del día de mañana, y más, mucho, mucho más aún como mis amistades, conocidos y amados me lo han deseado en esta fecha. Estoy escribiendo esto porque esas palabras son precisamente las que quiero que le digan a Salvador Cabañas Ortega el 5 de Agosto del 2010.
Estoy escribiendo esto porque quiero poder decir, en un futuro, que el día en el que cumplí veintisiete años, Salvador Cabañas, entonces jugador y emblema del América, fue víctima de un balazo a la cabeza del cual a la postre y gracias a Dios, saldría con vida.